Los guardianes del tiempo en el estuario de Vigo

Desde que mi abuelo paterno nos dejó, la vida en nuestro piso con vistas a las Cíes no ha sido la misma. No por la ausencia, que sigue doliendo, sino por el peso silencioso de su legado. Mi abuelo no dejó propiedades en la Costa Azul ni cuentas opacas en Suiza. Él, un vigués de los que huelen a salitre y a café de la Alameda, nos dejó una colección de Relojes Patek Philippe Vigo. No un par, sino varios, guardados en una caja fuerte empotrada tras una vieja litografía de Bouzas.

Ahora, a mis treinta y tantos, me encuentro con el dilema de ser, probablemente, uno de los pocos coleccionistas involuntarios de alta relojería en todo el centro de Vigo. Los relojes son impresionantes, piezas que destilan una historia de precisión y lujo discreto. Hay un Calatrava, tan limpio y clásico que parece reírse de las modas. Un cronógrafo más complejo, con una esfera que es un laberinto de belleza mecánica. Y mi favorito, uno que lleva grabada una fecha, la del nacimiento de mi padre, con una pátina en la caja que solo los años pueden dar.

La gente en Vigo colecciona sellos, monedas antiguas, novelas de Jules Verne o incluso arte de las galerías del Casco Vello. Yo colecciono tiempo, atesorado en oro y mecanismos de Ginebra, justo aquí, en la bulliciosa ciudad olívica.

A veces, saco uno y lo llevo, con una mezcla de respeto y nerviosismo. Paseo por la Porta do Sol o me siento en el Náutico. Lo miro, y no veo solo un reloj de varios ceros; veo el reflejo del sol de Galicia en el cristal, escucho el eco del tic-tac que ha marcado las horas de mi familia durante décadas. El peso en la muñeca es un recordatorio constante de que el lujo verdadero no está en el precio, sino en el vínculo que te une al pasado. Son más que relojes; son mis guardianes del tiempo, anclados firmemente al estuario de Vigo. Es un legado singular, y aunque nunca tuve la ambición de ser coleccionista, estoy aprendiendo a llevar su historia con la misma elegancia atemporal que lucen ellos.

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