Veinte años son una vida entera, o al menos el tiempo suficiente para que los recuerdos se vuelvan de un tono sepia un tanto engañoso. Habían pasado dos décadas exactas desde la última vez que puse un pie en las islas Cíes. En aquel entonces, las cosas eran distintas: se subía al catamarán con una tienda de campaña al hombro sin apenas planificar, bastaba un billete de papel sacado en taquilla a última hora y la juventud te hacía creer que aquel archipiélago recortado contra el horizonte de la ría te pertenecía por derecho propio. Volver ahora, con el pelo salpicado de canas y el billete gestionado con semanas de antelación en el móvil, tenía algo de ajuste de cuentas con la memoria.
La travesía en barco conserva, sin embargo, esa magia intacta que el paso del tiempo no logra erosionar. A medida que dejamos atrás la costa y la brisa atlántica limpia el olor urbano para sustituirlo por el aroma a salitre puro y yodo, sentí en el pecho ese pellizco inconfundible de la anticipación. La silueta escarpada de Monteagudo y O Faro fue creciendo ante mis ojos como un gigante dormido que custodia la entrada de la ría.
Al desembarcar en el muelle de Rodas, lo primero que me golpeó no fue la vista, sino el sonido: el graznido estridente de las gaviotas patiamarillas y el rumor acompasado del mar batiendo contra el arenal. Temía encontrar un paraje desfigurado por la fama global, pero el estricto control de acceso ha obrado el milagro de conservar su esencia silvestre. Rodas seguía allí, con esa media luna perfecta de arena blanca y finísima que parece nieve bajo el sol, y unas aguas de un turquesa tan transparente como gélido. Meter los pies en la orilla fue un choque térmico instantáneo, un relámpago sensorial que me devolvió de golpe a mis veinte años.
Decidí evitar la comodidad de la toalla y emprendí la subida hacia el faro principal. El camino zigzagueante entre los pinares y el olor a eucalipto me pareció más empinado que en mis recuerdos —los años no pasan en balde—, pero cada curva regalaba una perspectiva más sobrecogedora sobre el Lago dos Nenos y la isla de San Martiño al sur. Al alcanzar la cima y asomarme al acantilado de la cara oeste, donde el Atlántico ruge con una furia implacable contra las rocas graníticas, el viento me sacudió con la misma violencia salvaje de antaño. Ese contraste brutal entre la calma caribeña del lado este y el abismo oceánico del oeste sigue siendo uno de los espectáculos más sobrecogedores que conozco.
Sentado en las piedras del faro, contemplando la inmensidad azul, comprendí que las Cíes no habían cambiado; el que había cambiado era yo. Volver después de tanto tiempo no fue una simple visita turística, sino un reencuentro con un santuario natural que permanece imperturbable, ajeno al ruido del mundo y fiel a su propia eternidad.