He visitado tantos enclaves costeros a lo largo de mi vida que creía haberlo visto todo, pero las illas cíes me dejaron sin aliento desde el primer momento. La belleza de sus aguas es tan intensa que cuesta creer que uno no se encuentre en una playa caribeña, y sin embargo, está en pleno Atlántico, con las rías gallegas como telón de fondo. Mi llegada en barco, desde el puerto, fue un descubrimiento constante de pequeñas ensenadas, arenales blancos y acantilados que caen abruptamente sobre el océano, como si la naturaleza se hubiese puesto de acuerdo para componer un cuadro perfecto.
Cuando desembarqué, supe que el lugar merecía algo más que una visita rápida. Mis planes iniciales incluían un paseo corto por la playa y una comida en la zona de acampada, pero terminé quedándome varios días para explorar las rutas de senderismo que cruzan las colinas de la isla. Empecé con la que lleva hasta el faro más alto, donde la vista te deja sin palabras. Casi se puede oír cómo el viento silba en medio de las rocas, mientras al fondo se aprecia la inmensidad del mar golpeando con furia la base de los acantilados. Cada paso que di se sintió como un regalo, porque la naturaleza me ofrecía imágenes de gaviotas, aguas transparentes y vegetación salvaje que no esperaba encontrar tan cerca de la civilización.
La acampada en las illas cíes es una experiencia que resume la esencia de este enclave. Una noche, salí de la tienda en busca de algo de aire fresco y me di cuenta de que las estrellas brillaban con una intensidad extraordinaria, lejos de la contaminación lumínica de las ciudades. El silencio se rompía solo por el murmullo de las olas, y en ese instante comprendí por qué llaman a este archipiélago un pequeño paraíso natural. Por la mañana, desperté con la luz suave del amanecer, y me dirigí a una playa que parecía recién pintada con colores pastel. Había zonas donde el agua alcanzaba matices de un turquesa eléctrico, nada habitual en latitudes atlánticas, y la arena se sentía tan fina que mis pies se hundían en ella con sumo placer.
Al hablar con otros viajeros, descubrí que son muchos quienes se suman a la aventura de recorrer la isla de punta a punta, dejando que el tiempo se diluya en cada curva del camino. Me crucé con parejas que se detenían a contemplar un banco con vistas panorámicas, grupos de amigos que se reían mientras hacían fotos imposibles de capturar en un solo clic, y familias con niños que corrían a toda velocidad por la orilla sin miedo a nada. Esa sensación de libertad, sumada a la pureza del entorno, me hizo reflexionar sobre lo privilegiados que somos de poder acceder a un lugar tan magnífico sin necesidad de viajar al otro lado del mundo.
Uno de los aspectos más curiosos es que no hay coches ni edificaciones modernas que estropeen el entorno. La protección que tiene este Parque Nacional es muy estricta, y para muchos viajeros, esa restricción es una gran ventaja, porque obliga a desconectar de la rutina y adaptarse a un ritmo más pausado. La preservación de la fauna y flora local es fundamental, y durante mi estancia vi cómo los guardas se preocupan de mantener todo limpio y ordenado, recordando a los visitantes que deben llevarse su basura y cuidar las dunas. En ese respeto mutuo, la isla se conserva prácticamente intacta, y se nota al pasear por senderos que atraviesan bosques de pinos y matorrales que huelen a salitre y a musgo al mismo tiempo.
El viaje de vuelta me dejó una punzada de nostalgia, porque no todos los días uno puede despertarse con el sonido del mar al alcance de la mano y con una puesta de sol inigualable como broche final de la jornada. Además, conocer a otras personas con la misma inquietud por descubrir la belleza natural de Galicia enriqueció aún más la experiencia. Muchos de ellos repetían visita año tras año, y no me sorprende, porque la tentación de regresar es muy fuerte, sobre todo cuando recuerdo la transparencia del agua o los paseos al atardecer mientras la marea sube lentamente alrededor de la costa.
Quizás lo que más me caló fue la sensación de que las illas cíes siguen manteniendo ese halo de misterio de los lugares poco masificados. En temporada alta, desde luego, hay cierta afluencia de turistas, pero la limitación de visitantes contribuye a que no se conviertan en un circo de multitudes. Poder caminar por un sendero y encontrarme completamente solo durante varios minutos fue un regalo que en pocos sitios se puede experimentar, y que habla del cuidado que las autoridades ponen en proteger este enclave único.