Zarpando desde la capital del turismo estival hacia un oasis de senderos

Hay planes que empiezan con una maleta enorme y otros que caben en una mochila, una toalla y unas ganas locas de desconectar. Organizar una escapada de sanxenxo isla de ons en un solo día es de esas ideas que parecen sencillas, pero que terminan convirtiéndose en uno de esos recuerdos que cuentas durante meses. Sales del bullicio, del paseo marítimo, de las terrazas llenas y del ritmo veraniego de la península, y en menos de una hora te encuentras caminando por un lugar donde el mar manda, los caminos huelen a eucalipto y el tiempo parece haber decidido ir mucho más despacio.

El punto de partida habitual es el puerto deportivo Juan Carlos I, uno de esos lugares que en pleno verano tienen esa mezcla curiosa de elegancia marinera y energía festiva. Mientras esperas el ferry, ves veleros, lanchas, chalanas de pesca y gente con prisas por embarcar, pero también familias con neveras de tela, parejas con sombreros enormes y grupos de amigos que aún arrastran la resaca de la noche anterior. La salida desde Sanxenxo tiene una ventaja evidente: no necesitas desplazarte hasta Vigo ni organizar un viaje complicado. Llegas al puerto, respiras ese aire salado que ya anuncia la aventura y, en cuestión de minutos, estás subiendo a una embarcación preparada para cruzar la ría.

Los ferris modernos han cambiado bastante la experiencia respecto a lo que uno imagina cuando piensa en un barco de línea regular. Nada de incomodidades extremas ni de pasar el trayecto agarrado a una barandilla mientras el viento te despeina sin piedad. Las embarcaciones suelen contar con asientos cubiertos, ventanas amplias, zonas exteriores para quienes quieren sentir la brisa de frente y espacios pensados para que el trayecto sea agradable incluso si el mar se pone un poco movido. Si eres de los que sufren con el balanceo, mi consejo es sencillo: elige un asiento en la zona central, evita las últimas filas y no te pongas justo delante de una pantalla o leyendo el móvil durante toda la travesía. Mirar el horizonte funciona mucho mejor que cualquier remedio improvisado.

Pero lo mejor del viaje no es solo llegar. La travesía es, en sí misma, una pequeña excursión náutica con vistas que no te esperas cuando sales desde la costa onsiense. A medida que el barco se aleja del puerto, Sanxenxo queda atrás con su silueta de edificios, chiringuitos y actividad veraniega, y aparece otra Galicia: la de las puntas rocosas, las playas extensas y los pinares que llegan casi hasta el agua. La costa de A Lanzada se despliega frente a ti como una postal que no necesita filtros. Vemos la lengua de arena que une la península con el islote de A Lanzada, la ermita coronando el promontorio y, en los días claros, esa luz especial que hace que el Atlántico pase del azul profundo al verde turquesa sin previo aviso.

Si el día acompaña, la travesía se convierte en un espectáculo. El viento levanta pequeñas crestas blancas sobre el agua, las gaviotas siguen la estela del barco con una seguridad absoluta y, si tienes suerte, puedes ver algún delfín jugueteando cerca de la proa. No prometas nada a los niños, porque la naturaleza no trabaja bajo demanda, pero mantén la cámara preparada: cuando aparece un grupo de delfines, todo el mundo se levanta a la vez y la cubierta se llena de emoción. Es uno de esos momentos que hacen que el trayecto deje de ser un simple transporte y pase a formar parte del plan.

Al llegar a Ons, el cambio es inmediato. Se acabaron los coches, las terrazas con música alta y la prisa por encontrar aparcamiento. Aquí el ritmo lo marcan los caminos de tierra, las casas de piedra, los molinos y el sonido constante del mar. La isla es pequeña, pero tiene suficiente personalidad como para que un día se te quede corto si te dejas llevar. Puedes optar por la ruta más conocida, que recorre buena parte del perímetro y te lleva por paisajes de acantilados, playas salvajes y miradores espectaculares, o elegir un recorrido más tranquilo si vas con niños, con gente que no quiere caminar demasiado o si simplemente quieres dedicar buena parte de la jornada a la playa.

La playa de Melide suele ser la gran protagonista para muchos visitantes, y no es para menos. Es amplia, de arena clara y aguas transparentes cuando el mar está en calma, con ese aspecto de piscina natural que invita a quedarse horas. Aun así, no te limites a ella. Camina hacia otras calas, sube a algún mirador, entra en el pueblo y déjate sorprender por las casas sencillas, las huertas y los detalles que delatan una vida isleña mucho más real de lo que sugiere el turismo estival. Si te apetece comer algo, el pulpo a feira es casi una obligación moral para cualquier visitante, aunque también conviene ir con paciencia, porque en temporada alta las colas forman parte de la experiencia.

Uno de los encantos de esta excursión es el contraste entre la noche peninsular y el día isleño. Sanxenxo vive de noche con una energía que no necesita presentación: terrazas llenas, música, cenas largas, copas junto al mar y esa sensación de que el verano no termina nunca. Ons, en cambio, ofrece lo contrario durante el día: silencio, naturaleza, caminos y una paz que parece casi improbable a tan poca distancia de la fiesta. Puedes salir la noche anterior, dormir poco, embarcar temprano y recuperar energías caminando junto al Atlántico. No es el plan más saludable del mundo, pero sí uno de los más memorables si sabes dosificar la diversión.

Para que el día salga redondo, lleva más agua de la que crees necesitar, protector solar aunque el cielo esté nublado, calzado cómodo para los caminos y algo de efectivo por si algún servicio no acepta tarjeta. Revisa también los horarios de vuelta con antelación, porque perder el último barco no es una anécdota divertida, sino un problema logístico serio. Y, sobre todo, respeta el entorno: la isla es un espacio natural protegido, así que cada residuo que llevas debe volver contigo.

Cuando el ferry regresa hacia Sanxenxo y vuelves a ver las luces de la costa, entiendes por qué esta excursión engancha tanto. Has pasado de la música y el ambiente nocturno a los acantilados, las playas y los senderos en cuestión de horas. La isla de Ons no necesita grandes lujos para enamorar; necesita tiempo, calma y alguien dispuesto a mirar el mar sin consultar el móvil cada cinco minutos. Y si al volver te apetece seguir la fiesta en la península, nadie te va a juzgar: al fin y al cabo, has ganado el derecho después de un día de caminata, salitre y paisajes que se quedan grabados.

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